Una primera legua de mal camino

Mi abuela solía decir que todo camino tiene una primera legua de terreno pedregoso que no queda otra que recorrer. Es también cierto que otro dicho reza que esas piedras caen, lanzadas por alguien que está despejando el camino contiguo…

Se escoja el refrán que se escoja, parece que no hay principio fácil. A veces no se nos ocurre que es más por lo que tienen de principio, porque nos pillan menos maduros de lo que pensamos, menos preparados, con la piel más fina, y todo nos magulla más fácilmente.

Pero eso es aprender. No queda otra. Y eso es madurar, también. De hecho, si todo va bien, nos pasamos la vida debutando, que diría Serrat. Cuando logras una zona de confort, debería llegarte – deberías buscar – un nuevo reto, algo que te desafíe, para asegurarte de que tus neuronas siguen entrenando sinapsis y no se relajan nunca demasiado…

En el último año de carrera me dieron una beca en TV3, de modo que me mudé al horario vespertino en la uni y me la pasé yendo de un municipio a otro (desde Sant Joan Despí a Cerdanyola del Vallés) en cuanto terminaba el Informativo de mediodía, comiendo durante un año entero un bocata en el coche, al tiempo que conducía (el delito habrá prescrito, puedo contarlo). De la beca tengo recuerdos agridulces, pero siempre hay cosas buenas como conservar uno de esos amigos de la vida desde entonces o el precio del servicio de comedor…

Aprender aprendí, sobre todo a tragar sapos, que a largo plazo resulta un aprendizaje sorprendentemente útil“.

Tras acabar la carrera, inicié mi andadura profesional – por mero tema de estacionalidad y momento oportuno- en el escenario de los JJOO de Barcelona, a donde me había apuntado como voluntaria una soleada mañana, justamente en el campus de la UAB, estudiando aún Periodismo. Por eso, a veces, la actitud vital también tiene tanto que ver en esto de los inicios…

Dentro de la organización COOB’92 fui saltando y cambiando de proyectos porque algunos se iban cerrando o porque iba descubriendo, como quien busca la espiga más alta, otros que me gustaban más, o pensaba que encajaban mejor conmigo. De todos aprendí algo, en gran parte porque así lo había decidido y no lo entendía de otra manera. Resumiendo mucho y escogiendo los dos que duraron más en el tiempo, la RTO (Radiotelevisión Olímpica, los anfitriones de la señal de TV, para entendernos) y el proyecto del recorrido de la Antorcha Olímpica, que dependía el Área Comercial, fueron los más inspiradores. Del recorrido de la Antorcha guardo momentos imborrables como mi propio relevo (en bicicleta y por mi pueblo natal en Asturias), otro par de amigos para siempre, como el himno de Los Manolos para los JJOO, o los madrugones que ya confundíamos con acostarnos tarde, porque el gap entre ambas cosas llegó a ser de 3 horas. También conservé bastante tiempo los kilos de más ganados a base de Aquarius y helados de limón que me alimentaron los 54 días del recorrido…

En total fueron casi 3 años de mi vida (del otoño del 89 al otoño del 92). Pero claro. Los JJOO se terminaron. Cerraron el chiringuito. Chaparon. Sayonara, baby. Así que de pronto me encontré de regreso en la casilla de salida, y una experiencia vital importante que no lograba dimensionar a efectos profesionales prácticos… No sabía qué podría responder a un «Pero usté, exactamente, qué sabe hacer».

Empecé una fase de mirar los anuncios de trabajo de La vanguardia (anda que no ha cambiado la cosa ahora…¿no os parece que hay muchas más herramientas al alcance en estos momentos?… Ahá…)  

Lo más desasosegante era la sensación de que servía para el 80% de los puestos que se ofertaban y, exactamente al mismo tiempo, de que no servía para ninguno. Recuerdo que era septiembre. Empecé a trabajar en Tusquets Editores en enero del 93, después de haber dicho en una entrevista de trabajo que yo, si me dictaban una carta, lo primero que se me ocurría hacer era cambiar el redactado y hacer una nueva. El entrevistador me dijo, muerto de risa, “aquí no, pero sé dónde buscan alguien como tú.” Y así fue como me planté en una casita del barrio alto de Barcelona de cuyo interior desvencijado y antiguo como un cementerio de elefantes me enamoré desde el minuto cero. No sabía NADA de libros ni de comunicación sobre ellos, salvo que adoraba leerlos. Mientras esperaba leí la sobrecubierta de un libro que aún no se había publicado – estaban todas pulcramente alineadas a un lado de la pared –  y a aquello me agarré durante toda la entrevista. Inventé y mentí para quedarme porque hubiera matado para quedarme. 

Ahora hay webs de la empresa a la que te presentas. Donde se detalla la misión, visión, valores. Ahí lo dejo. Es una gran pista. 

Veintiún años después, sigo en el negocio editorial (si es que no es eso un oxímoron). Y enamorada como el primer día de lo que hago. Confucio decía: «Ama tu trabajo y no trabajarás ni un día de tu vida.» Yo siento que he tenido esa suerte. Pero es bien cierto lo que dice Marián Rojas en su libro Cómo hacer que te pasen cosas buenas. Que, en resumen es, que cuando tienes la actitud, las orejas abiertas y la intención, es más fácil que las oportunidades te salgan al paso. A veces la gente te dice “qué suerte has tenido”. Pero no saben las cañas que una ha llegado a lanzar hasta entonces…

No digo que las cosas estén fáciles ahora. Pero no lo están para nadie. Los que ya tenemos una edad nos enfrentamos a seguir aprendiendo constantemente, a no poder detenernos, a reinventarnos y a adaptarnos; y no siempre resulta fácil y gratificante aprender otras formas de hacer las cosas, ni que sea porque, a medida que creces, tu mochila de responsabilidades crece contigo y tu tiempo se estrecha.

Pero estoy convencida de que la aCtitud es a veces más relevante que la aPtitud. Una vez más, una sola letra es capaz de cambiarlo todo“.

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