Doctorado: Una elección

Todo fue muy rápido, no sabría decir el motivo por el que se decantó finalmente por esta opción. El caso es que, entre unas cosas y otras, ya estaba terminando el máster de especialización, pero sin mucho convencimiento. Jamás fue una persona muy vocacional, más allá de los barriles de la Facultad. Eso sí que era una forma de vida.

Pero, oye, tampoco fue mal estudiante. Sacó curso por año y, más por aversión a otras ramas que por simpatía, alargó su estancia universitaria con ese máster. Víctor se enfrentaba, por primera vez, a su destino: “¿Y ahora qué?”. Bueno, no fue tan dramático. Las buenas relaciones con su profesor y maquillar el expediente en la etapa final de sus estudios le condujo, de forma ineludible, hacia su destino: el doctorado.

Lo cierto es que nunca había visto el mercado laboral como una salida con garantías. Recelaba mucho de las condiciones laborales de las empresas y, en su mente, el doctorado le daría esa estabilidad tan deseada, al cobijo de la siempre fiable universidad pública.

Ante el cambio, adaptación

Que no haya sido una persona con una vocación arrolladora por la microbiología, no quiere decir que no le guste. A lo largo de la carrera, despertó en él un interés sobre esta rama del conocimiento, por ello estudió el Máster y, ahora, se encuentra en sus primeros años de doctorado.

Sin lugar a dudas, lo que más le gustaba era la investigación. Disfrutaba en un laboratorio, sentía que verdaderamente era capaz de comprender cuestiones que jamás habría pensado plantearse. El precio a pagar eran las horas de docencia que, de forma progresiva, iban coloreando su día a día.

No era que las detestara, pero no se encontraba cómodo. Y más aún con los cursos iniciales. Creía que están todavía por hacer, muy ilusionados con futuros prometedores que están demasiados alejados de la realidad.
De hecho, a Víctor le gusta ir con la verdad por delante. Lo primero que hace al llegar a clase es “bajar los humos” a la chavalería. 

Mientras menos tiempo piensen en fantasías, más tiempo tendrán en preparar el siguiente examen.

Camino hacia la realidad

Víctor todavía no lo sabía, pero era un fantasioso igual (o mayor) que sus alumnos, pero en su caso, del doctorado. Cada vez más empezaba a tener la mosca detrás de la oreja de que, posiblemente, aquello no fuera todo lo bonito que le pintó su profesor hace algunos años.

Tenía claro que debería pasar una estancia en el extranjero, aprendiendo otras metodologías y formas del conocimiento que le ayudasen a crecer profesionalmente. Había perdido la cuenta de las becas que solicitó, pero recordaba a fuego fundido todas y cada una de las negativas que obtuvo: trámites burocráticos interminables, títulos que no poseía o algún que otro caso sospechoso de “amiguismo”.

Todo ello le tenía indignado y asustado. Lo primero, porque no lograba comprender cómo una persona como él tenía tantas dificultades para explorar otros campos dentro del doctorado. Lo segundo, porque sabía (realmente, creía) que con el doctorado no podría acceder a buenas oportunidades profesionales en la empresa privada, esto no estaba bien visto.

Algo explotó aquel día. Había amanecido lloviendo y un tiempo muy desapacible. Al llegar a su despacho revisó el correo, esperando la tan ansiada resolución de la última beca solicitada. Al abrir la bandeja de entrada, bingo: “solicitud rechazada”. No quiso ni leer los motivos de exclusión, en ese momento miró al frente como quien mira a un precipicio, siendo consciente de que su futuro no pasaría por las instituciones públicas.

Lo peor de todo es que le quedaba revisión de notas con los alumnos suspensos del último parcial. Sin ninguna gana atendió, todo lo amable que puede ser en el ámbito docente, a todos los suspensitos que fueron reclamando clemencia. Vino hasta gente que iba a dejar la carrera. Víctor no entendía nada, solo quería despacharlos rápido e irse al bar a meditar sobre su futuro.

Reflexión BioVitae

El doctorado es uno de los mayores elementos de debate en el sector científico. Suele ser un objetivo de una gran parte de estudiantes universitarios, creyendo que en él encontrarán un ambiente soñado de ciencia, investigación y desarrollo.

La realidad de la Universidad española, en la mayoría de los casos, dista mucho de esa idílica versión. Por ello, nos encontramos con profesores a los que no les interesa la docencia, investigadores con contratos precarios y un ambiente de negativismo en las facultades de ciencias.

Todo ello, mezclado en una coctelera, desemboca en una inseguridad personal de los doctorados sobre su valía de cara al mercado laboral. Llevan sobre sus hombros una carga limitante que les resta competitividad frente a otros candidatos.

Ante esto, queremos ser claros: el doctorado es, sin temor a equivocarnos, un valor añadido incalculable para cualquier persona de cara a una oportunidad profesional en cualquier empresa (pública o privada).

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